De las cosas que no existen hasta que duelen…

Es increíble como a veces no nos damos cuenta de que algo existe en nosotros hasta que duele. Es entonces cuando le damos forma. Cuando sentimos su silueta, su volumen y su peso y recorremos con un dedo su contorno intentando reconocerlo.

 Vamos por la vida sin notarlo,  felices, sin prestar atención a la presencia de algo que no sabemos que habita en nosotros.  No cuidamos de ello, no estamos alerta, no vigilamos si crece o mengua, y desde luego no pensamos en cuando apareció, ni cómo ni porqué, simplemente lo ignoramos y vivimos sonrientes sin saber lo que realmente llevamos dentro.

Y un buen día sin ningún motivo, un mal giro de cabeza, una postura incómoda, un gesto brusco, una mirada, una palabra dura o inesperada desencadena el desastre…

De repente, sin preaviso, una espada nos atraviesa. Como marcado a fuego sentimos ese intruso en la boca del estomago y en el corazón. Una puñalada de fuego que quema, arde y nos consume. Que nos deja unos instantes sin aliento, haciéndonos sentir el corazón en la garganta, ahogándonos con su fuerza, mareándonos y haciendo que nos fallen las fuerzas.

Y en un sólo instante queremos valorar cuanto pesa, de que está hecho y que es.  Mientras a la vez nos preguntamos de dónde ha salido, quién lo ha puesto ahí, desde cuándo, para qué y por qué.

El primer instinto es el enfado:  quien te ha dado permiso para acomodarte ahí?, después lo negamos:  No es nada, sólo mi imaginación y la sorpresa que me juegan una mala pasada.  Mientras esto ocurre intentamos reaccionar, luchamos contra las ganas de huir y contra la sorpresa que te paraliza y te deja fuera de juego.

Y cuanto más luchamos y más reaccionamos e intentamos buscar la manera de sacar esa espada, más se clava y nos grita que es real, que está allí, que nació en nosotros sigilosamente, sin hacer ruido y sin molestar para poder crecer sin que la callasen, para apoderarse de nosotros sin que ni siquiera lo intuyamos, para derrotarnos desde dentro y sólo salir cuando se ha hecho fuerte y ya es tarde.

Y sólo nos queda sonreir.

Aceptar la carga y seguir, sin darle importancia, sabiendo que desaparecerá algún día. Y que, ahora que sabemos que existe, debemos evitar  prestarle atención para así no alimentarla y dejar que muera lentamente, en el mismo silencio y disimulo en que creció…  Sólo nos queda acariciarla de vez en cuando suavemente para recordarnos a nosotros mismos que seguimos siendo capaces de crear sin darnos cuenta, que seguimos estando vivos y que no hemos perdido la magia de sentir.

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